¡Arde,bruja,arde!
Capítulo 8
El Diario de la enfermera Walters
(Pag.55-62)
Abrí el libro. Lo que sigue son las partes que guardan relación con la materia que nos ocupan.
3 NOV. Extraña experiencia la de hoy. Bajé a Batten Park para ver los nuevos peces del Acuario. Tenía cerca de una hora y la pasé merodeando por las callejuelas viejas, buscando algo para llevarle a Diana. Encontré la más insólita de las tiendas. Se veía rara y antigua, pero tenía en el escaparate algunas de las muñecas y también de los vestidos de muñecas más bonitos que jamás había visto. Me quedé mirándola y me puse a fisgar la tienda a través del cristal. Había una chica en la tienda. Me daba la espalda. Se volvió rápidamente y me miró. Me dio un susto de lo más espantoso. Tenía la cara blanca, sin color alguno, y los ojos abiertos como platos, como asustada. Tenía una gran mata de cabellos, todos rubio ceniza, amontonados en la cabeza. Me pareció que era la chica más rara que jamás hubiese visto. Se quedó mirándome durante un minuto, y yo a ella. Después sacudió violentamente la cabeza y movió las manos para que me fuera. Yo estaba tan extrañada que apenas podía dar crédito a mis ojos. Cuando estaba a punto de entrar y preguntarle qué diablos le sucedía, miré al reloj y vi que tenía el tiempo justo de volver al hospital. Volví a mirar a la tienda y vi que por la parte de atrás una puerta comenzaba a abrirse lentamente. La chica hizo un gesto final y, por lo que me pareció, casi desesperado. Allí había algo que, de repente, me dio ganas de echar a correr. Pero no lo hice. Creo que me fui caminando normalmente. Todo el día he estado dándole vueltas a la cosa. Por eso, además de sentir curiosidad, estoy un poco enfadada. Las muñecas y los vestidos son muy bonitos. ¿Acaso hay algo que no marcha? Tengo que descubrirlo.
5 NOV. Esta tarde he vuelto a la tienda de muñecas. El misterio se hace más profundo. ¡Si no pensara que se trata de un misterio! Creo que todo el asunto es un tanto disparatado. No me paré a mirar el escaparate, sino que me fui directamente hacia la puerta. La chica pálida estaba ante un pequeño mostrador al fondo. Cuando me vio, su mirada pareció más alucinada que nunca, y pude ver cómo temblaba. Me acerqué a ella y susurró: —¡Oh! ¿Por qué ha regresado? ¡Le dije que se fuera! Yo reí, no pude impedirlo, y dije: —Usted es la dependienta más rara que jamás haya visto. ¿No quiere que la gente compre sus cosas? Y ella dijo, en voz baja y muy rápidamente: —¡Es demasiado tarde! ¡Ahora ya no puede irse! Pero no toque nada. No toque nada de lo que ella le dé. No toque nada de lo que ella le enseñe —y después, de la manera más banal, dijo con voz muy clara—: ¿Hay algo que pueda hacer por usted? Tenemos todo para muñecas. La transición había sido tan abrupta que me resultó insólita. Entonces vi que en la trastienda se había abierto una puerta, la misma puerta que había visto abriéndose el día anterior, y que una mujer, delante de ella, me miraba. Al verla me quedé sin habla, no sé por cuánto tiempo. Era realmente fuera de lo común. Por lo menos medía seis pies y era grande, con unos pechos enormes. No gruesa. Corpulenta. Su cara era larga, y su piel morena. Se le notaba claramente el bigote y tenía unas greñas de color gris acero. Eran sus ojos lo que me mantenía hechizada. ¡Eran simplemente enormes! ¡Negros, y tan llenos de vida! Debía de tener una vitalidad tremenda. O quizá era el contraste con la chica pálida a la que parecía que le hubiesen sorbido la vida. No, estoy segura de que tiene una vitalidad de lo más inusual. Mientras me miraba, sentí un escalofrío tremendo. Pensé una tontería: «—Abuelita, ¡qué ojos más grandes tienes! —Querida, ¡son para verte mejor! —Abuelita, ¡qué dientes más grandes tienes! —Querida, ¡son para comerte mejor!». (No estoy segura de si pensé eso, pero sí que se trataba de tonterías). Desde luego que ella tenía unos dientes muy grandes, fuertes y amarillos. Yo dije, de un modo bastante estúpido:—¿Qué tal está usted? Ella sonrió y me tocó con una mano, y entonces yo sentí otro escalofrío. Sus manos eran las más hermosas que jamás hubiese visto. Tan hermosas que eran inquietantes. Largas, de dedos afilados y tan blancas. Como las manos que El Greco o Botticelli pintan en sus mujeres. Supongo que eso fue lo que me chocó. No parecían pertenecer en absoluto a aquel cuerpo tan inmenso y tosco. Ni tampoco sus ojos. Las manos y los ojos van juntos. Sí, eso es. Sonrió y dijo: —Usted ama las cosas hermosas. Su voz iba con sus manos y sus ojos. La calidez profunda de una voz de contralto. Pude sentirla a través de mí como los acordes de un órgano. Asentí. Ella dijo: —Entonces tiene que verla, querida. Venga. No dedicó ninguna atención a la joven. Se volvió hacia la puerta y yo la seguí. Mientras entraba por la puerta volví la mirada hacia la joven. Parecía más asustada que nunca y pude ver claramente sus labios pronunciar la palabra: «Recuerde». La habitación adonde me condujo era, bueno, no puedo describirla. Era como sus ojos, sus manos y su voz. Cuando entré en ella tuve la extraña sensación de no encontrarme ya en Nueva York. Ni en América. Ni en ningún lugar de la Tierra, para ser exactos. Había tenido la sensación de que el único lugar real que existía era aquella habitación. Eso era espantoso. La habitación era mayor de lo que parecía, a juzgar por el tamaño del almacén. Quizá fuera la luz la responsable de que lo pareciera. Una luz crepuscular, suavemente tamizada. Estaba exquisitamente cubierta de artesonados hasta el techo. En una de sus paredes no había nada más que aquellos primorosos artesonados antiguos, cubiertos de auténticos bajorrelieves. Se veía una chimenea, y un fuego ardía en ella. Hacía un calor fuera de lo corriente, que, sin embargo, no era opresivo. Había una Ieve y sutil fragancia, posiblemente de la madera que ardía. Los muebles eran viejos y también exquisitos, aunque no me resultaran familiares. Veía algunas tapicerías, evidentemente antiguas. Es curioso, pero no me es fácil recordar con claridad lo que había en aquella habitación. De lo único que estoy segura es de su singular belleza. Recuerdo claramente una mesa inmensa, y que pensé que era una “mesa señorial”. También me acuerdo vívidamente del espejo circular y no deseo recordarlo. Soy consciente de que le estoy contando todo de mí y de Diana, y de cómo a ella le gustan las cosas hermosas. Ella escucha y dice, con esa voz profunda y dulce: —Ella tendrá una cosa hermosa, querida. Se va hacia un armario y vuelve con la muñeca más preciosa que jamás haya visto. Me quedo sin habla cuando pienso lo que le gustará a Di. Una muñeca pequeñita, pero tan exquisita que parece viva. —¿Le gustará ésta? —pregunta. Y yo digo: —Jamás podría pagarle semejante tesoro. Soy pobre. Ella rió y dijo: —Pero yo no. Será suya cuando haya acabado de vestirla. Me resultaba violento, pero no pude abstenerme de decir: —Usted debe ser rica, muy rica, para tener tantas cosas preciosas. Y ella rió nuevamente y dijo: —Lo justo para conocer a personas tan agradables como usted, querida.Entonces fue cuando tuve la peculiar experiencia con el espejo. Era circular y yo lo había mirado una y otra vez porque me parecía, eso pensaba, la mitad de un inmenso glóbulo de agua cristalina. Su marco era de madera oscura, profusamente trabajada, y tanto entonces como ahora, el reflejo de lo esculpido parecía bailotear en el espejo como la vegetación al borde de una poza en medio del bosque, agitada por la brisa. Yo había estado intentando mirar en su interior, y en todo momento aquel deseo había sido irresistible. Me acerqué al espejo. Podía ver toda la habitación reflejada en él, pero no como si estuviese mirando su imagen o mi propia imagen, sino otra habitación similar, con otra como yo mirando hacia fuera. Entonces sólo pude verme a mí, y me pareció que me iba haciendo pequeña, cada vez más, hasta que no era mayor que una muñeca grande. Acerqué más mi cara y el pequeño rostro se echó hacia delante. Moví la cabeza y sonreí, y la imagen hizo lo mismo. Era mi reflejo, ¡pero muy pequeño! Entonces me sentí repentinamente asustada y cerré con fuerza los ojos. Cuando volví a mirar en el espejo todo estaba como antes. Miré mi reloj y me quedé estupefacta, porque se había hecho muy tarde. Me levanté para irme, con la sensación de pánico todavía en el corazón. Ella dijo: —Venga mañana a visítarme de nuevo, querida. Tendré la muñeca lista para usted. Le di las gracias y dije que lo haría si podía. Ella me acompañó hasta la puerta de la tienda. La joven no me miró mientras la franqueaba. Se llama Madame Mandilip. No iré a verla mañana ni nunca. Me fascina pero también me da miedo. No me gusta lo que sentí delante del espejo circular. Y la primera vez que miré en su interior y vi reflejada en él toda la habitación, ¿por qué no vi la imagen de ella? ¡No la vi! Y aunque la luz estuviera iluminada no puedo recordar haber visto ninguna ventana ni lámpara. ¡Y esa joven! Sin embargo, ¡a Di le gustaría tanto la muñeca!
7 NOV. Qué extraño me resulta mantener mi decisión de no volver a ver a Madame Mandilip. ¡Es algo que me ha puesto muy nerviosa! La última noche tuve un sueño terrorífico. Creí que había vuelto a aquella habitación. Podía verla claramente. Y, de repente, comprendí que la veía de dentro afuera. Y que estaba dentro del espejo. Supe que era pequeña. Como una muñeca. Estaba aterrorizada y lo golpeé como una mariposa hace contra el cristal de una ventana. Entonces vi dos hermosas y largas manos blancas que iban hacia mí. Abrían el espejo y me cogían, y yo me debatía, peleaba e intentaba escaparme. Me desperté con el corazón latiéndome tan deprisa que estuve a punto de ahogarme. Di me contó que yo gritaba, una y otra vez: —¡No! ¡No! ¡No quiero! ¡No, no quiero! Ella me lanzó una almohada y supongo que eso fue lo que me despertó. Hoy he salido del hospital a las cuatro, con intención de irme derecha a casa. No sé en qué debía de estar pensando, pero fuera lo que fuese debía de preocuparme mucho. Cuando fui consciente de mí misma estaba en la estación del Metro, a punto de tornar uno de los trenes de la línea de Bowling Green. Eso me hubiera llevado hasta Battery Park. Entonces comprendí que, sin haber sido antes consciente de ello, me dirigía a ver a Madame Mandilip. Aquello me dio tal vuelco en el corazón que casi salí corriendo de la estación y subí a la calle. Creo que estoy actuando muy estúpidamente. Siempre me había enorgullecido de mi sentido común. Creo que debo consultárselo al doctor Braile y comprobar si me estoy volviendo neurótica. No hay ninguna razón humana para que no tenga que ir a ver a Madame Mandilip. Ella es de lo más interesante y, ciertamente, ha dado a entender que yo le agrado. Fue muy amable de su parte ofrecerme aquella muñeca preciosa. Debe pensar de mí que soy desagradecida y vulgar. Y le gustaría tanto a Di. Cuando recuerdo lo que sentí al mirar el espejo, me parece que soy tan infantil como el personaje de Alicia en el País de las Maravillas, o, mejor, en A través del espejo[22]. Los espejos y otras superficies reflectantes a veces le hacen ver a uno cosas extrañas. Probablemente, el calor y el olor a perfume tuvieran que ver con todo ello. Realmente no puedo afirmar que Madame Mandilip no se reflejara en ellos. Yo estaba demasiado concentrada en mirarme. Es demasiado absurdo salir corriendo y ocultarse como un niño haría con una bruja. Pero eso es, precisamente, lo que estoy haciendo. Si no fuera por esa chica ¡pero seguro que es una neurótica! Quiero ir, y no veo por qué tenga que comportarme de una manera estúpida.
10 NOV. Vaya, me alegro de no haber persistido en esa idea ridícula. Madame Mandilip es maravillosa. Desde luego que hay algunas cosas raras en ella que no comprendo, pero eso es debido a que es muy diferente de cualquier otra persona que yo haya conocido, y porque cuando entro en su habitación, la vida se hace muy diferente. Cuando me voy es como si saliera de algún castillo encantado hacia el más prosaico de los mundos. Ayer por la tarde me decidí a irme directamente a verla después de salir del hospital. En el momento en que se me ocurrió, sentí como si una nube se apartara de mí. Estoy más alegre y feliz de lo que haya estado en una semana. Cuando llegué a la tienda, la chica pálida —se llama Laschna— se me quedó mirando como si fuera a llorar. Y dijo con una voz de lo más apagada: —¡Recuerde que intenté salvarla! Aquello me pareció tan divertido que me eché a reír. Entonces Madame Mandilip abrió la puerta, y cuando miré a sus ojos y escuché su voz supe por qué sentía el corazón tan ligero. Era como regresar a casa después de sufrir la crisis de nostalgia más espantosa. La adorable habitación me acogía. Realmente hacía eso. Sólo puedo describirlo de esta manera. Tengo la extraña sensación de que la habitación está tan viva como Madame Mandilip. Que es parte de ella, o mejor, una parte de la parte de ella formada por sus ojos, sus manos y su voz. No me preguntó por qué no había ido. Llevaba la muñeca. Es más maravillosa de lo que me había imaginado. Todavía tenía que trabajar en ella. Nos sentamos y hablamos, y entonces ella dijo: —Me gustaría hacer una muñeca de usted, querida. Éstas fueron sus palabras exactas, y durante un instante sentí un escalofrío, porque recordé el sueño y me vi debatiéndome dentro del espejo, intentando salir de él. Entonces comprendí que era, precisamente, su manera de hablar, y que lo que quería decir era que quería hacer una muñeca que fuera como yo. Por eso reí y dije: —Claro que puede hacer una muñeca de mí, Madame Mandilip. Me pregunto de qué nacionalidad será. Ella rió conmigo, y sus ojos eran mayores que nunca y más brillantes. Sacó un poco de cera y comenzó a modelar mi cabeza. Aquellos hermosos dedos largos trabajaban rápidamente, como si cada uno de ellos fuera un pequeño artista de por sí. Los contemplé, fascinada. Comencé a sentirme soñolienta, cada vez más soñolienta. Ella dijo: —Querida, deseo que se quite usted la ropa y me deje modelar todo su cuerpo. No se altere. Sólo soy una mujer mayor. No pensé en nada y dije, adormilada: —Por supuesto, claro que le dejo que lo haga. Me subí encima de un pequeño taburete y observé cómo la cera iba tomando forma bajo aquellos pequeños dedos blancos hasta que se convirtió en una pequeña y perfectísima copia de mí. Sabía que era perfecta, aunque estuviera tan adormilada que apenas podía verla. Tenía tanto sueño que Madame Mandilip tuvo que ayudarme a vestirme, y después debí de quedarme dormida, porque me desperté sobresaltada mientras me daba unas palmadas en las manos y me decía: —Lamento haberla cansado, pequeña. Quédese si lo desea. Pero si tiene que irse se está haciendo tarde. Miré mi reloj y estaba tan dormida que casi no lo vi, pero supe que era espantosamente tarde. Entonces Madame Mandilip pasó sus manos por encima de mis ojos y, repentinamente, me despejé. Ella dijo: —Venga mañana a llevarse la muñeca. —Le pagaré, al menos, lo que pueda —dije. —Ya me ha pagado lo suficiente, querida —replicó— al dejarme hacer una muñeca de usted. Entonces ambas reímos y yo salí a toda prisa. La chica pálida estaba vendiendo algo a alguien, pero yo la saludé con un: «Au revoir![23]». Probablemente no me oyó, porque no me contestó.
11 NOV. ¡Tengo la muñeca, y Diana está loca por ella! ¡Cómo me alegro de no haberme rendido a esa estúpida aprensión mórbida! Di jamás había tenido nada que le causara tanto placer. ¡La adora! Esta tarde volví a sentarme para que Madame Mandilip diese los últimos toques a mi propia muñeca. Es un genio. ¡De veras que es un genio! Me pregunto, ahora más que nunca, por qué se contenta con llevar una pequeña tienda. No hay duda de que debería estar al lado de los grandes artistas. La muñeca, literalmente, soy yo. Me preguntó si podría cortarme unos cuantos cabellos para hacerle la cabeza y, naturalmente, asentí. Me dijo que aquella muñeca no era la auténtica muñeca que me estaba haciendo. Ésa sería mucho mayor. Se trataba del modelo a partir del cual trabajaría. Le conté que aquélla me parecía perfecta, a lo que ella añadió que la otra sería de un material menos perecedero. Quizá me entregue ésta después de que ya no le sirva. Estaba tan ansiosa de llevar a casa la muñeca pequeña para Di, que no me quedé mucho tiempo. Sonreí y me despedí de Laschna al irme, a lo que ella respondió, aunque no muy cordialmente. Me pregunto si estará celosa.
13 NOV. Es la primera vez que he tenido ganas de escribir desde el espantoso caso del señor Peters, acaecido la mañana del 10 de los corrientes. Acababa precisamente de escribir lo de la muñeca de Di cuando me llamaron del hospital para decirme que me necesitaban en el turno de noche. Les dije que, desde luego, iría. ¡Oh, pero me hubiera gustado no haber ido! Jamás olvidaré aquella muerte espantosa. ¡Jamás! No quiero escribir ni pensar sobre ello. Cuando llegué a casa esta mañana no podía dormir, y no hice más que dar vueltas en la cama intentando borrar su rostro de mi mente. Pensaba haberme endurecido lo suficiente para que no me afectara ningún paciente. Pero ahí había algo. Entonces pensé que si alguien podía ayudarme a olvidar, era Madame Mandilip. Así que a eso de las dos fui a verla. Ella estaba en la tienda con Laschna, y pareció sorprendida de verme tan pronto. Y no tan contenta como de ordinario, o eso pensé; aunque quizá fuera mi nerviosismo. En el momento en que entré en aquella preciosa habitación comencé a sentirme mejor. Ella había estado haciendo algo encima de la mesa con un cable metálico, pero no pude ver de qué se trataba porque me obligó asentarme en un gran sillón confortable, mientras decía: —Parece cansada, pequeña. Siéntese aquí y descanse hasta que yo haya terminado. Aquí tengo un viejo libro iluminado que la mantendrá entretenida. Y me dio un libro antiguo y muy raro, largo y estrecho, y debía ser muy antiguo porque era de pergamino o algo parecido, y sus dibujos y colores eran como los de los libros de la Edad Media que pintaban los antiguos monjes. Todas eran escenas en bosques o jardines, pero las flores y los árboles eran ¡de lo más raro! No se veía a nadie en ellas, pero se tenía la extraña sensación de que con una vista más aguda se podría descubrir gente u otras cosas debajo. Quiero decir que me parecía que había gente escondida detrás de los árboles y de las flores, o entre ellos, que me espiaba. No sé durante cuánto tiempo estudié aquellos dibujos, intentando ver una y otra vez a la gente escondida, hasta que, finalmente, Madame me llamó. Me acerqué a la mesa con el libro todavía en la mano. —Eso es para la muñeca que estoy haciendo de usted —dijo—. Cójalo y observe lo esmeradamente bien que está hecha —y señaló algo hecho de hilo metálico que estaba encima de la mesa. Lo cogí para darle la vuelta y entonces vi súbitamente que era un esqueleto. Era pequeño, como el esqueleto de un niño. En ese momento, el rosto del señor Peters relampagueó en mi mente y entonces grité, en un momento de locura total y abrí las manos. El libro abandonó mi mano y cayó sobre el pequeño esqueleto de hilo metálico, con un tañido agudo, y pareció que el esqueleto saltaba. Me recobré inmediatamente y vi que el extremo del hilo se había soltado y había per forado la encuademación del libro, donde aún seguía clavado. Durante un momento, Madame Mandilip estuvo espantosamente enfadada. Me cogió del brazo y lo apretó hasta hacerme daño, y sus ojos mostraron furia mientras decía con una voz extrañísima: —¿Por qué lo hizo? Contésteme. ¿Por qué? Y comenzó a zarandearme. Ahora no se lo reprocho, aunque entonces me asustó de verdad, porque debió de pensar que yo lo había hecho adrede. Entonces vio cómo temblaba yo, y sus ojos y su voz se endulzaron, y dijo: —Algo le preocupa, querida. Cuéntemelo y quizá yo pueda ayudarla. Hizo que me sentara sobre un diván y ella se sentó a mi lado y me acarició los cabellos y la frente; entonces, aunque jamás discuto nuestros casos con terceros, descubrí que le estaba contando lo de Peters. Ella me preguntó quién era el hombre que le había llevado al hospital y yo le dije que el doctor Lowell le había llamado: «Ricori», y que suponía que era el notorio gángster. Sus manos me hicieron sentirme tranquila, a gusto y soñolienta, y entonces le hablé del doctor Lowell y de lo buen médico que es, y de cómo estoy enamorada en secreto del doctor B. Lo siento, pero creo que le conté todos los detalles del caso. Jamás había hecho una cosa parecida. Pero estaba tan agitada que una vez que comencé, me pareció que tenía que contárselo todo. Todo estaba tan distorsionado en mi mente que cuando levanté los ojos para mirarla, me pareció que se relamía. ¡Eso indica lo poco que estaba en mis cabales! Cuando terminé de contárselo me dijo que siguiera echada y que durmiera, que ella me despertaría cuando yo se lo dijera. Le dije que me tenía que ir a las cuatro. Dormí de un tirón y me desperté descansada y en forma. Cuando salía, el pequeño esqueleto y el libro aún seguían sobre la mesa, y entonces le dije que sentía lo del libro. —Mejor que fuera el libro que su mano, querida —dijo—. El alambre podría haberse soltado al manipularlo y haberle hecho un feo corte. Quiere que lleve mi uniforme de enfermera para hacer uno pequeño para la nueva muñeca.
14 NOV. Hubiera deseado no haber ido nunca a ver a Madame Mandilip. Así no me habría escaldado el pie. Pero ésa no es la auténtica razón de que lo sienta. No puedo explicarlo con palabras, por más que lo intente. Pero me gustaría no haber ido. Esta tarde le he llevado mi uniforme de enfermera. En seguida sacó de él un modelo en miniatura. Estaba contenta y me cantó algunas de sus obsesivas cancioncillas. No pude comprender sus letras. Ella se rió cuando yo le pregunté qué lenguaje era ése, y ella dijo: —El lenguaje de la gente que le espiaba a usted desde los dibujos del libro, querida. Se trataba de una contestación extraña. ¿Cómo podía saber ella que yo pensaba que había gente escondida en los dibujos? Me hubiera gustado no haber ido nunca. Calentó un poco de té y lo sirvió en dos tazas. Entonces, mientras me ofrecía la mía, uno de sus codos chocó con la tetera, volcándola, y el té caliente se vertió sobre mi pie derecho. Dolía espantosamente. Me quitó el zapato y la media y aplicó algún tipo de ungüento sobre la escaldadura. Dijo que quitaría el dolor y que la curaría inmediatamente. Detuvo el dolor, y cuando llegué a casa apenas pude dar crédito a mis ojos. Job no pudo creer que realmente me hubiera escaldado. Madame Mandilip se había sentido terriblemente molesta por ello. O eso me pareció. Me pregunto por qué no me acompañó hasta la punta como de costumbre. Pero no lo hizo. Ella se quedó en la habitación. La joven pálida, Laschna, estaba cerca de la puerta cuando yo salí de la tienda. Miró la venda de mi pie y yo le dije que me lo había escaldado, pero que Madame Mandilip lo había vendado. Ni siquiera me dijo que lo sentía. Cuando me iba la miré y dije, un poco enfadada: —¡Adiós! Sus ojos se llenaron de lágrimas y me miró de un modo muy extraño, movió la cabeza y dijo: —Au revoir! La miré nuevamente mientras cerraba la puerta y vi que las lágrimas caían por sus mejillas. Me pregunto por qué (¡¡¡Desearía no haber ido nunca a ver a Madame Mandilip!!!).
15 NOV. El pie curado del todo. No tengo el menor deseo de volver a ver a Madame Mandilip. Jamás volveré. Me gustaría destruir la muñeca que me dio para Di. Pero le rompería a la niña el corazón.
20 NOV. Sigo sin ganas de verla. Descubro que me estoy olvidando de ella. Sólo pienso en ella cuando veo la muñeca de Di. Estoy tan contenta que tengo ganas de cantar y de bailar. Jamás volveré a verla. ¡Pero Dios sabe cómo me gustaría no haberla visto jamás! Y aún sigo sin saber por qué.
Abrí el libro. Lo que sigue son las partes que guardan relación con la materia que nos ocupan.
3 NOV. Extraña experiencia la de hoy. Bajé a Batten Park para ver los nuevos peces del Acuario. Tenía cerca de una hora y la pasé merodeando por las callejuelas viejas, buscando algo para llevarle a Diana. Encontré la más insólita de las tiendas. Se veía rara y antigua, pero tenía en el escaparate algunas de las muñecas y también de los vestidos de muñecas más bonitos que jamás había visto. Me quedé mirándola y me puse a fisgar la tienda a través del cristal. Había una chica en la tienda. Me daba la espalda. Se volvió rápidamente y me miró. Me dio un susto de lo más espantoso. Tenía la cara blanca, sin color alguno, y los ojos abiertos como platos, como asustada. Tenía una gran mata de cabellos, todos rubio ceniza, amontonados en la cabeza. Me pareció que era la chica más rara que jamás hubiese visto. Se quedó mirándome durante un minuto, y yo a ella. Después sacudió violentamente la cabeza y movió las manos para que me fuera. Yo estaba tan extrañada que apenas podía dar crédito a mis ojos. Cuando estaba a punto de entrar y preguntarle qué diablos le sucedía, miré al reloj y vi que tenía el tiempo justo de volver al hospital. Volví a mirar a la tienda y vi que por la parte de atrás una puerta comenzaba a abrirse lentamente. La chica hizo un gesto final y, por lo que me pareció, casi desesperado. Allí había algo que, de repente, me dio ganas de echar a correr. Pero no lo hice. Creo que me fui caminando normalmente. Todo el día he estado dándole vueltas a la cosa. Por eso, además de sentir curiosidad, estoy un poco enfadada. Las muñecas y los vestidos son muy bonitos. ¿Acaso hay algo que no marcha? Tengo que descubrirlo.
5 NOV. Esta tarde he vuelto a la tienda de muñecas. El misterio se hace más profundo. ¡Si no pensara que se trata de un misterio! Creo que todo el asunto es un tanto disparatado. No me paré a mirar el escaparate, sino que me fui directamente hacia la puerta. La chica pálida estaba ante un pequeño mostrador al fondo. Cuando me vio, su mirada pareció más alucinada que nunca, y pude ver cómo temblaba. Me acerqué a ella y susurró: —¡Oh! ¿Por qué ha regresado? ¡Le dije que se fuera! Yo reí, no pude impedirlo, y dije: —Usted es la dependienta más rara que jamás haya visto. ¿No quiere que la gente compre sus cosas? Y ella dijo, en voz baja y muy rápidamente: —¡Es demasiado tarde! ¡Ahora ya no puede irse! Pero no toque nada. No toque nada de lo que ella le dé. No toque nada de lo que ella le enseñe —y después, de la manera más banal, dijo con voz muy clara—: ¿Hay algo que pueda hacer por usted? Tenemos todo para muñecas. La transición había sido tan abrupta que me resultó insólita. Entonces vi que en la trastienda se había abierto una puerta, la misma puerta que había visto abriéndose el día anterior, y que una mujer, delante de ella, me miraba. Al verla me quedé sin habla, no sé por cuánto tiempo. Era realmente fuera de lo común. Por lo menos medía seis pies y era grande, con unos pechos enormes. No gruesa. Corpulenta. Su cara era larga, y su piel morena. Se le notaba claramente el bigote y tenía unas greñas de color gris acero. Eran sus ojos lo que me mantenía hechizada. ¡Eran simplemente enormes! ¡Negros, y tan llenos de vida! Debía de tener una vitalidad tremenda. O quizá era el contraste con la chica pálida a la que parecía que le hubiesen sorbido la vida. No, estoy segura de que tiene una vitalidad de lo más inusual. Mientras me miraba, sentí un escalofrío tremendo. Pensé una tontería: «—Abuelita, ¡qué ojos más grandes tienes! —Querida, ¡son para verte mejor! —Abuelita, ¡qué dientes más grandes tienes! —Querida, ¡son para comerte mejor!». (No estoy segura de si pensé eso, pero sí que se trataba de tonterías). Desde luego que ella tenía unos dientes muy grandes, fuertes y amarillos. Yo dije, de un modo bastante estúpido:—¿Qué tal está usted? Ella sonrió y me tocó con una mano, y entonces yo sentí otro escalofrío. Sus manos eran las más hermosas que jamás hubiese visto. Tan hermosas que eran inquietantes. Largas, de dedos afilados y tan blancas. Como las manos que El Greco o Botticelli pintan en sus mujeres. Supongo que eso fue lo que me chocó. No parecían pertenecer en absoluto a aquel cuerpo tan inmenso y tosco. Ni tampoco sus ojos. Las manos y los ojos van juntos. Sí, eso es. Sonrió y dijo: —Usted ama las cosas hermosas. Su voz iba con sus manos y sus ojos. La calidez profunda de una voz de contralto. Pude sentirla a través de mí como los acordes de un órgano. Asentí. Ella dijo: —Entonces tiene que verla, querida. Venga. No dedicó ninguna atención a la joven. Se volvió hacia la puerta y yo la seguí. Mientras entraba por la puerta volví la mirada hacia la joven. Parecía más asustada que nunca y pude ver claramente sus labios pronunciar la palabra: «Recuerde». La habitación adonde me condujo era, bueno, no puedo describirla. Era como sus ojos, sus manos y su voz. Cuando entré en ella tuve la extraña sensación de no encontrarme ya en Nueva York. Ni en América. Ni en ningún lugar de la Tierra, para ser exactos. Había tenido la sensación de que el único lugar real que existía era aquella habitación. Eso era espantoso. La habitación era mayor de lo que parecía, a juzgar por el tamaño del almacén. Quizá fuera la luz la responsable de que lo pareciera. Una luz crepuscular, suavemente tamizada. Estaba exquisitamente cubierta de artesonados hasta el techo. En una de sus paredes no había nada más que aquellos primorosos artesonados antiguos, cubiertos de auténticos bajorrelieves. Se veía una chimenea, y un fuego ardía en ella. Hacía un calor fuera de lo corriente, que, sin embargo, no era opresivo. Había una Ieve y sutil fragancia, posiblemente de la madera que ardía. Los muebles eran viejos y también exquisitos, aunque no me resultaran familiares. Veía algunas tapicerías, evidentemente antiguas. Es curioso, pero no me es fácil recordar con claridad lo que había en aquella habitación. De lo único que estoy segura es de su singular belleza. Recuerdo claramente una mesa inmensa, y que pensé que era una “mesa señorial”. También me acuerdo vívidamente del espejo circular y no deseo recordarlo. Soy consciente de que le estoy contando todo de mí y de Diana, y de cómo a ella le gustan las cosas hermosas. Ella escucha y dice, con esa voz profunda y dulce: —Ella tendrá una cosa hermosa, querida. Se va hacia un armario y vuelve con la muñeca más preciosa que jamás haya visto. Me quedo sin habla cuando pienso lo que le gustará a Di. Una muñeca pequeñita, pero tan exquisita que parece viva. —¿Le gustará ésta? —pregunta. Y yo digo: —Jamás podría pagarle semejante tesoro. Soy pobre. Ella rió y dijo: —Pero yo no. Será suya cuando haya acabado de vestirla. Me resultaba violento, pero no pude abstenerme de decir: —Usted debe ser rica, muy rica, para tener tantas cosas preciosas. Y ella rió nuevamente y dijo: —Lo justo para conocer a personas tan agradables como usted, querida.Entonces fue cuando tuve la peculiar experiencia con el espejo. Era circular y yo lo había mirado una y otra vez porque me parecía, eso pensaba, la mitad de un inmenso glóbulo de agua cristalina. Su marco era de madera oscura, profusamente trabajada, y tanto entonces como ahora, el reflejo de lo esculpido parecía bailotear en el espejo como la vegetación al borde de una poza en medio del bosque, agitada por la brisa. Yo había estado intentando mirar en su interior, y en todo momento aquel deseo había sido irresistible. Me acerqué al espejo. Podía ver toda la habitación reflejada en él, pero no como si estuviese mirando su imagen o mi propia imagen, sino otra habitación similar, con otra como yo mirando hacia fuera. Entonces sólo pude verme a mí, y me pareció que me iba haciendo pequeña, cada vez más, hasta que no era mayor que una muñeca grande. Acerqué más mi cara y el pequeño rostro se echó hacia delante. Moví la cabeza y sonreí, y la imagen hizo lo mismo. Era mi reflejo, ¡pero muy pequeño! Entonces me sentí repentinamente asustada y cerré con fuerza los ojos. Cuando volví a mirar en el espejo todo estaba como antes. Miré mi reloj y me quedé estupefacta, porque se había hecho muy tarde. Me levanté para irme, con la sensación de pánico todavía en el corazón. Ella dijo: —Venga mañana a visítarme de nuevo, querida. Tendré la muñeca lista para usted. Le di las gracias y dije que lo haría si podía. Ella me acompañó hasta la puerta de la tienda. La joven no me miró mientras la franqueaba. Se llama Madame Mandilip. No iré a verla mañana ni nunca. Me fascina pero también me da miedo. No me gusta lo que sentí delante del espejo circular. Y la primera vez que miré en su interior y vi reflejada en él toda la habitación, ¿por qué no vi la imagen de ella? ¡No la vi! Y aunque la luz estuviera iluminada no puedo recordar haber visto ninguna ventana ni lámpara. ¡Y esa joven! Sin embargo, ¡a Di le gustaría tanto la muñeca!
7 NOV. Qué extraño me resulta mantener mi decisión de no volver a ver a Madame Mandilip. ¡Es algo que me ha puesto muy nerviosa! La última noche tuve un sueño terrorífico. Creí que había vuelto a aquella habitación. Podía verla claramente. Y, de repente, comprendí que la veía de dentro afuera. Y que estaba dentro del espejo. Supe que era pequeña. Como una muñeca. Estaba aterrorizada y lo golpeé como una mariposa hace contra el cristal de una ventana. Entonces vi dos hermosas y largas manos blancas que iban hacia mí. Abrían el espejo y me cogían, y yo me debatía, peleaba e intentaba escaparme. Me desperté con el corazón latiéndome tan deprisa que estuve a punto de ahogarme. Di me contó que yo gritaba, una y otra vez: —¡No! ¡No! ¡No quiero! ¡No, no quiero! Ella me lanzó una almohada y supongo que eso fue lo que me despertó. Hoy he salido del hospital a las cuatro, con intención de irme derecha a casa. No sé en qué debía de estar pensando, pero fuera lo que fuese debía de preocuparme mucho. Cuando fui consciente de mí misma estaba en la estación del Metro, a punto de tornar uno de los trenes de la línea de Bowling Green. Eso me hubiera llevado hasta Battery Park. Entonces comprendí que, sin haber sido antes consciente de ello, me dirigía a ver a Madame Mandilip. Aquello me dio tal vuelco en el corazón que casi salí corriendo de la estación y subí a la calle. Creo que estoy actuando muy estúpidamente. Siempre me había enorgullecido de mi sentido común. Creo que debo consultárselo al doctor Braile y comprobar si me estoy volviendo neurótica. No hay ninguna razón humana para que no tenga que ir a ver a Madame Mandilip. Ella es de lo más interesante y, ciertamente, ha dado a entender que yo le agrado. Fue muy amable de su parte ofrecerme aquella muñeca preciosa. Debe pensar de mí que soy desagradecida y vulgar. Y le gustaría tanto a Di. Cuando recuerdo lo que sentí al mirar el espejo, me parece que soy tan infantil como el personaje de Alicia en el País de las Maravillas, o, mejor, en A través del espejo[22]. Los espejos y otras superficies reflectantes a veces le hacen ver a uno cosas extrañas. Probablemente, el calor y el olor a perfume tuvieran que ver con todo ello. Realmente no puedo afirmar que Madame Mandilip no se reflejara en ellos. Yo estaba demasiado concentrada en mirarme. Es demasiado absurdo salir corriendo y ocultarse como un niño haría con una bruja. Pero eso es, precisamente, lo que estoy haciendo. Si no fuera por esa chica ¡pero seguro que es una neurótica! Quiero ir, y no veo por qué tenga que comportarme de una manera estúpida.
10 NOV. Vaya, me alegro de no haber persistido en esa idea ridícula. Madame Mandilip es maravillosa. Desde luego que hay algunas cosas raras en ella que no comprendo, pero eso es debido a que es muy diferente de cualquier otra persona que yo haya conocido, y porque cuando entro en su habitación, la vida se hace muy diferente. Cuando me voy es como si saliera de algún castillo encantado hacia el más prosaico de los mundos. Ayer por la tarde me decidí a irme directamente a verla después de salir del hospital. En el momento en que se me ocurrió, sentí como si una nube se apartara de mí. Estoy más alegre y feliz de lo que haya estado en una semana. Cuando llegué a la tienda, la chica pálida —se llama Laschna— se me quedó mirando como si fuera a llorar. Y dijo con una voz de lo más apagada: —¡Recuerde que intenté salvarla! Aquello me pareció tan divertido que me eché a reír. Entonces Madame Mandilip abrió la puerta, y cuando miré a sus ojos y escuché su voz supe por qué sentía el corazón tan ligero. Era como regresar a casa después de sufrir la crisis de nostalgia más espantosa. La adorable habitación me acogía. Realmente hacía eso. Sólo puedo describirlo de esta manera. Tengo la extraña sensación de que la habitación está tan viva como Madame Mandilip. Que es parte de ella, o mejor, una parte de la parte de ella formada por sus ojos, sus manos y su voz. No me preguntó por qué no había ido. Llevaba la muñeca. Es más maravillosa de lo que me había imaginado. Todavía tenía que trabajar en ella. Nos sentamos y hablamos, y entonces ella dijo: —Me gustaría hacer una muñeca de usted, querida. Éstas fueron sus palabras exactas, y durante un instante sentí un escalofrío, porque recordé el sueño y me vi debatiéndome dentro del espejo, intentando salir de él. Entonces comprendí que era, precisamente, su manera de hablar, y que lo que quería decir era que quería hacer una muñeca que fuera como yo. Por eso reí y dije: —Claro que puede hacer una muñeca de mí, Madame Mandilip. Me pregunto de qué nacionalidad será. Ella rió conmigo, y sus ojos eran mayores que nunca y más brillantes. Sacó un poco de cera y comenzó a modelar mi cabeza. Aquellos hermosos dedos largos trabajaban rápidamente, como si cada uno de ellos fuera un pequeño artista de por sí. Los contemplé, fascinada. Comencé a sentirme soñolienta, cada vez más soñolienta. Ella dijo: —Querida, deseo que se quite usted la ropa y me deje modelar todo su cuerpo. No se altere. Sólo soy una mujer mayor. No pensé en nada y dije, adormilada: —Por supuesto, claro que le dejo que lo haga. Me subí encima de un pequeño taburete y observé cómo la cera iba tomando forma bajo aquellos pequeños dedos blancos hasta que se convirtió en una pequeña y perfectísima copia de mí. Sabía que era perfecta, aunque estuviera tan adormilada que apenas podía verla. Tenía tanto sueño que Madame Mandilip tuvo que ayudarme a vestirme, y después debí de quedarme dormida, porque me desperté sobresaltada mientras me daba unas palmadas en las manos y me decía: —Lamento haberla cansado, pequeña. Quédese si lo desea. Pero si tiene que irse se está haciendo tarde. Miré mi reloj y estaba tan dormida que casi no lo vi, pero supe que era espantosamente tarde. Entonces Madame Mandilip pasó sus manos por encima de mis ojos y, repentinamente, me despejé. Ella dijo: —Venga mañana a llevarse la muñeca. —Le pagaré, al menos, lo que pueda —dije. —Ya me ha pagado lo suficiente, querida —replicó— al dejarme hacer una muñeca de usted. Entonces ambas reímos y yo salí a toda prisa. La chica pálida estaba vendiendo algo a alguien, pero yo la saludé con un: «Au revoir![23]». Probablemente no me oyó, porque no me contestó.
11 NOV. ¡Tengo la muñeca, y Diana está loca por ella! ¡Cómo me alegro de no haberme rendido a esa estúpida aprensión mórbida! Di jamás había tenido nada que le causara tanto placer. ¡La adora! Esta tarde volví a sentarme para que Madame Mandilip diese los últimos toques a mi propia muñeca. Es un genio. ¡De veras que es un genio! Me pregunto, ahora más que nunca, por qué se contenta con llevar una pequeña tienda. No hay duda de que debería estar al lado de los grandes artistas. La muñeca, literalmente, soy yo. Me preguntó si podría cortarme unos cuantos cabellos para hacerle la cabeza y, naturalmente, asentí. Me dijo que aquella muñeca no era la auténtica muñeca que me estaba haciendo. Ésa sería mucho mayor. Se trataba del modelo a partir del cual trabajaría. Le conté que aquélla me parecía perfecta, a lo que ella añadió que la otra sería de un material menos perecedero. Quizá me entregue ésta después de que ya no le sirva. Estaba tan ansiosa de llevar a casa la muñeca pequeña para Di, que no me quedé mucho tiempo. Sonreí y me despedí de Laschna al irme, a lo que ella respondió, aunque no muy cordialmente. Me pregunto si estará celosa.
13 NOV. Es la primera vez que he tenido ganas de escribir desde el espantoso caso del señor Peters, acaecido la mañana del 10 de los corrientes. Acababa precisamente de escribir lo de la muñeca de Di cuando me llamaron del hospital para decirme que me necesitaban en el turno de noche. Les dije que, desde luego, iría. ¡Oh, pero me hubiera gustado no haber ido! Jamás olvidaré aquella muerte espantosa. ¡Jamás! No quiero escribir ni pensar sobre ello. Cuando llegué a casa esta mañana no podía dormir, y no hice más que dar vueltas en la cama intentando borrar su rostro de mi mente. Pensaba haberme endurecido lo suficiente para que no me afectara ningún paciente. Pero ahí había algo. Entonces pensé que si alguien podía ayudarme a olvidar, era Madame Mandilip. Así que a eso de las dos fui a verla. Ella estaba en la tienda con Laschna, y pareció sorprendida de verme tan pronto. Y no tan contenta como de ordinario, o eso pensé; aunque quizá fuera mi nerviosismo. En el momento en que entré en aquella preciosa habitación comencé a sentirme mejor. Ella había estado haciendo algo encima de la mesa con un cable metálico, pero no pude ver de qué se trataba porque me obligó asentarme en un gran sillón confortable, mientras decía: —Parece cansada, pequeña. Siéntese aquí y descanse hasta que yo haya terminado. Aquí tengo un viejo libro iluminado que la mantendrá entretenida. Y me dio un libro antiguo y muy raro, largo y estrecho, y debía ser muy antiguo porque era de pergamino o algo parecido, y sus dibujos y colores eran como los de los libros de la Edad Media que pintaban los antiguos monjes. Todas eran escenas en bosques o jardines, pero las flores y los árboles eran ¡de lo más raro! No se veía a nadie en ellas, pero se tenía la extraña sensación de que con una vista más aguda se podría descubrir gente u otras cosas debajo. Quiero decir que me parecía que había gente escondida detrás de los árboles y de las flores, o entre ellos, que me espiaba. No sé durante cuánto tiempo estudié aquellos dibujos, intentando ver una y otra vez a la gente escondida, hasta que, finalmente, Madame me llamó. Me acerqué a la mesa con el libro todavía en la mano. —Eso es para la muñeca que estoy haciendo de usted —dijo—. Cójalo y observe lo esmeradamente bien que está hecha —y señaló algo hecho de hilo metálico que estaba encima de la mesa. Lo cogí para darle la vuelta y entonces vi súbitamente que era un esqueleto. Era pequeño, como el esqueleto de un niño. En ese momento, el rosto del señor Peters relampagueó en mi mente y entonces grité, en un momento de locura total y abrí las manos. El libro abandonó mi mano y cayó sobre el pequeño esqueleto de hilo metálico, con un tañido agudo, y pareció que el esqueleto saltaba. Me recobré inmediatamente y vi que el extremo del hilo se había soltado y había per forado la encuademación del libro, donde aún seguía clavado. Durante un momento, Madame Mandilip estuvo espantosamente enfadada. Me cogió del brazo y lo apretó hasta hacerme daño, y sus ojos mostraron furia mientras decía con una voz extrañísima: —¿Por qué lo hizo? Contésteme. ¿Por qué? Y comenzó a zarandearme. Ahora no se lo reprocho, aunque entonces me asustó de verdad, porque debió de pensar que yo lo había hecho adrede. Entonces vio cómo temblaba yo, y sus ojos y su voz se endulzaron, y dijo: —Algo le preocupa, querida. Cuéntemelo y quizá yo pueda ayudarla. Hizo que me sentara sobre un diván y ella se sentó a mi lado y me acarició los cabellos y la frente; entonces, aunque jamás discuto nuestros casos con terceros, descubrí que le estaba contando lo de Peters. Ella me preguntó quién era el hombre que le había llevado al hospital y yo le dije que el doctor Lowell le había llamado: «Ricori», y que suponía que era el notorio gángster. Sus manos me hicieron sentirme tranquila, a gusto y soñolienta, y entonces le hablé del doctor Lowell y de lo buen médico que es, y de cómo estoy enamorada en secreto del doctor B. Lo siento, pero creo que le conté todos los detalles del caso. Jamás había hecho una cosa parecida. Pero estaba tan agitada que una vez que comencé, me pareció que tenía que contárselo todo. Todo estaba tan distorsionado en mi mente que cuando levanté los ojos para mirarla, me pareció que se relamía. ¡Eso indica lo poco que estaba en mis cabales! Cuando terminé de contárselo me dijo que siguiera echada y que durmiera, que ella me despertaría cuando yo se lo dijera. Le dije que me tenía que ir a las cuatro. Dormí de un tirón y me desperté descansada y en forma. Cuando salía, el pequeño esqueleto y el libro aún seguían sobre la mesa, y entonces le dije que sentía lo del libro. —Mejor que fuera el libro que su mano, querida —dijo—. El alambre podría haberse soltado al manipularlo y haberle hecho un feo corte. Quiere que lleve mi uniforme de enfermera para hacer uno pequeño para la nueva muñeca.
14 NOV. Hubiera deseado no haber ido nunca a ver a Madame Mandilip. Así no me habría escaldado el pie. Pero ésa no es la auténtica razón de que lo sienta. No puedo explicarlo con palabras, por más que lo intente. Pero me gustaría no haber ido. Esta tarde le he llevado mi uniforme de enfermera. En seguida sacó de él un modelo en miniatura. Estaba contenta y me cantó algunas de sus obsesivas cancioncillas. No pude comprender sus letras. Ella se rió cuando yo le pregunté qué lenguaje era ése, y ella dijo: —El lenguaje de la gente que le espiaba a usted desde los dibujos del libro, querida. Se trataba de una contestación extraña. ¿Cómo podía saber ella que yo pensaba que había gente escondida en los dibujos? Me hubiera gustado no haber ido nunca. Calentó un poco de té y lo sirvió en dos tazas. Entonces, mientras me ofrecía la mía, uno de sus codos chocó con la tetera, volcándola, y el té caliente se vertió sobre mi pie derecho. Dolía espantosamente. Me quitó el zapato y la media y aplicó algún tipo de ungüento sobre la escaldadura. Dijo que quitaría el dolor y que la curaría inmediatamente. Detuvo el dolor, y cuando llegué a casa apenas pude dar crédito a mis ojos. Job no pudo creer que realmente me hubiera escaldado. Madame Mandilip se había sentido terriblemente molesta por ello. O eso me pareció. Me pregunto por qué no me acompañó hasta la punta como de costumbre. Pero no lo hizo. Ella se quedó en la habitación. La joven pálida, Laschna, estaba cerca de la puerta cuando yo salí de la tienda. Miró la venda de mi pie y yo le dije que me lo había escaldado, pero que Madame Mandilip lo había vendado. Ni siquiera me dijo que lo sentía. Cuando me iba la miré y dije, un poco enfadada: —¡Adiós! Sus ojos se llenaron de lágrimas y me miró de un modo muy extraño, movió la cabeza y dijo: —Au revoir! La miré nuevamente mientras cerraba la puerta y vi que las lágrimas caían por sus mejillas. Me pregunto por qué (¡¡¡Desearía no haber ido nunca a ver a Madame Mandilip!!!).
15 NOV. El pie curado del todo. No tengo el menor deseo de volver a ver a Madame Mandilip. Jamás volveré. Me gustaría destruir la muñeca que me dio para Di. Pero le rompería a la niña el corazón.
20 NOV. Sigo sin ganas de verla. Descubro que me estoy olvidando de ella. Sólo pienso en ella cuando veo la muñeca de Di. Estoy tan contenta que tengo ganas de cantar y de bailar. Jamás volveré a verla. ¡Pero Dios sabe cómo me gustaría no haberla visto jamás! Y aún sigo sin saber por qué.

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