Sherlock Holmes. - Una mirada introspectiva-.

El mundo perdido (1912), obra en la que Doyle se asoma, con maestría absoluta, al vacio en perfección a la de Sherlock Holmes aunque menos conocida.
Es, claro está, Sherlock Holmes. No es el tipo de persona que a uno le gustaría tener por vecino, no es dado a confidencias, su carácter raya en la frigidez, toca el violín arrancando suaves y melancólicos gemidos que le ayudan a sumirse en meditación, es sumamente engreído, califica a Scotland Yard de "pelotón de torpes", maneja la ironía de forma hiriente, se inyecta tres veces al día cocaína en disolución al siete por ciento. Su apariencia externa es la de un astenico de libro.
"En altura andaba por encima que por debajo de los seis pies, aunque la delgadez extrema exageraba considerablemente esa estatura. Los ojos eran agudos y penetrantes, salvo en los periodos de sopor, y su fina nariz de AVE rapaz le daba no sé qué aire de viveza y determinación. La barbilla también prominente y maciza, delataba en su dueño a un hombre de firmes resoluciones. Las manos aparecían siempre manchadas de tinta y distintos productos químicos, siendo, sin embargo, de una exquisita delicadeza, como innumerables veces eché de ver por el modo en que manejaba Holmes sus frágiles instrumentos de física."
Holmes mismo confiesa a Watson:
  "Mi  cerebro se revela contra el estancamiento. Proporcioneme usted problemas, proporcioneme mi trabajo, deme el más abstruso de los criptogramas o el más intrincado de los análisis,y entonces me encontraré en mi atmósfera propia. Podré prescindir de estimulaciones artificiales. Pero aborrezco la monótona rutina de la vida. Siento hambre de exaltación mental. Ahí tiene por qué he elegido esta profesión a que me dedico, o mejor dicho, por qué razón la he creado, puesto que soy el único en el mundo que s ella se dedica."
Su aspecto psicológico no es menos paradójico que el intelectual. Sus manifestaciones tomadas en conjunto, están empapadas de contradicción. Temperamento básicamente frío y distante. Maneras suaves y corteses. Hábitos regulares. Madrugador (aunque, en otros pasajes, Watson afirma que se levanta tarde por lo general). Orgulloso. Vanidoso. Egoísta: "Me repugna el egoísmo que, más de una vez, había observado como factor predominante en el singular carácter de mi amigo." Ciclotimico: de estados de ánimo exultantes de entusiasmo e interés pasa a estados del más negro abatimiento y de la abulia más  absoluta, durante los cuales permanece mudo, tumbado en el sofá días y días. 
(...)
  Insensibilidad de elefante. Impasibilidad de piel roja. De ahí que la gente lo considerara más como una máquina que como un hombre, pero la verdad es que tenía una capacidad absoluta para ocultar sus emociones.
  Y un rasgo muy llamativo: la misoginia. Su actitud despectiva hacía las mujeres parece obedecer, en principio, a razones profesionales. Pero se trata de una actitud radical: "Nunca se debe confiar uno por completo a las mujeres...ni siquiera a la mejor de ellas". Cuando Watson, féliz, le comunica que la señorita Morstan la ha hecho el honor de aceptarle como marido en ciernes, Holmes le comenta de manera cruel: "El amor es una cosa emotiva, y todo lo emotivo es opuesto al razonar frío y sereno, que yo coloco por encima de todas las cosas. Yo no me casaría jamás por temor a que ello condicionara mi juicio". Watson se queda con esta conclusión definitiva y nos la transmite: "Holmes demostraba una gentileza y cortesía extraordinarias en su trato con las mujeres. Sentía desagrado y desconfianza hacía el sexo, pero se mostraba siempre adversario caballeresco".
  Su régimen de comidas es muy sobria. Sus costumbres están impregnadas de sencillez y austeridad. Hay ocasiones en las que se pasa sin comer temporadas enteras hasta caer desmayado de pura inanición, colocándose al borde de la muerte.
  Lo que más sorprendía a Watson era la llamativa falta de aseo de Holmes: "Era uno de los hombres más desaseados que hayan podido constituir la desesperación de un compañero de habitación".
  En la obra probablemente más acabada del Canon afirma nuestro héroe que la primera cualidad que ha de tener un investigador criminal es la de poder ver a través de un disfraz. Se refiere,  claro está, a disfraces de los demás. (...) He aquí algunos con los que aparece, sin repetirse nunca: marinero, mozo de caballería, clérigo no conformista, drogadicto andrajoso, vagabundo normal, sacerdote italiano, hombre de colina rocosa, joven obrero con aires de calavera, obrero francés mal afeitado y con blusa azul, norteamericano con horrible barba de chivo...Y no solo disfraces. Watson habla de los muchos nombres que le servían para ocultar su formidable personalidad. Y añade: "Disponía por lo menos de cinco pequeños refugios situados en distintas partes de Londres para poder cambiar en ellos su apariencia". Hoy llamaríamos a esos refugios "pisos francos".
No cabe duda que Holmes trabajaba seguro. El lector queda con frecuencia asombrado ante la cantidad de datos nuevos que Holmes tiene sobre el caso que trae entre manos. Pero el asombro desaparece- o incrementa- cuando se entera uno de los contactos del detective con el gobierno, con la policía, etc., y de la existencia de una banda de polluelos o chavales de la calle a los que llama "ejército de policías a mi servicio" a los que paga un chelín por cada confidencia  y a los que encomienda misiones especiales.
Hay una actividad plenamente artística- al menos en la intención, "crimen perfecto"- y una actividad, también artística, cuyo objetivo parece consistir en poner de manifiesto que el crimen perfecto no existe, o lo que es lo mismo que el arte del detectivismo supera al arte de la criminalidad.
  Está dialéctica adquiere su punto más alto de tensión cuando se convierte en obsesión recíproca, es decir, cuando el detective lo ve todo bajo el prisma del crimen y el criminal, a su vez, actúa y permanece bajo el síndrome del detective.
  El "detective" es el elemento (aspecto) central positivo, el "criminal" es el (aspecto) negativo: de uno a otro Salta la chispa que pone en marcha la dialéctica, o no que es lo mismo, una lucha, un diálogo práctico agresivo, un reto, un desafío, un duelo, etc., que -como en los juegos- tiene sus reglas y su raya de separación de campos. ¿Cuál de los dos está fuera de juego? Cada uno lo está cuando es contemplado desde la colocación del otro en el campo: el detective piensa que el criminal está fuera (de su legalidad) pero el criminal piensa que es el detective el que está fuera (de su legalidad). Dialéctica acerada, pues.
Lógico, está es la palabra. Pero ¿de qué lógica se trata? Esta es la cuestión.
  En el texto holmesiano se llama deducción a este tipo de lógica. El lector sabe que la deducción es la operación mental de sacar consecuencias de un principio, proposición o supuesto; y, más exactamente, que la deducción hace referencia al método que procede de lo universal a lo particular (se deducen) lógicamente explicaciones particulares. La inducción es el método inverso, a saber, que procede de los particulares a lo general.
La lógica holmesiana ¿es deductiva o inductiva? En el Canon hay pasajes que afirmando lo primero y pasajes que afirman lo segundo. A mí juicio, la lógica holmesiana es inductiva-deductiva, es decir, dialéctica. Ante todo inductiva, porque se parte de algo concreto y particular- el supuesto crimen o delito- del que Holmes induce una hipótesis  o teoría general que usa luego  como cuadro de referencias del que va deduciendo consecuencias que aclaran y explican los hechos particulares. Cada una de estas deducciones es- si demuestra lógica- el eslabón al que se unen progresivamente otros elementos que obedecen al principio de casualidad pero invertido, porque lo que se tiene delante es un efecto cuya causa o causas hay que buscar. Holmes mismo habla de "argumentar de los efectos a las causas". Lo que ocurre es que las causa o causas ya encontradas son , a su vez, efectos de otras causas que también hay que buscar.
  Francisco Martínez García. Pfr. titular de Crítica Literaria de la Universidad de Nuevo León.

             Un escándalo en Bohemia 
                     (fragmento)
 Ella es siempre, para Sherlock Holmes, la mujer. Rara vez le he oído hablar de ella llamándola con ningún otro nombre. A sus ojos, ella eclipsa y desborda a todo su sexo. No porqué él sintiera, por Irene Adler nada parecido al amor. Toda emoción y ésa particular, era detestable a su mente fría, precisa, pero admirablemente equilibrada. Yo creo que él era la máquina más perfecta de razonar y de observar que el mundo haya conocido; pero como enamorado, no habría sabido estar enamorado; cuando hablaba de los sentimientos más tiernos, lo hacía con burla y con una mirada de desprecio. Eran cosas admirables para el observador, excelentes para descorrer el velo de los móviles y de las acciones de los hombres. Pero para el razonador disciplinado, el admitir tales intrusiones en su propio temperamento delicado y finalmente ajustado, era introducir un factor perturbador que podría arrojar la sombra de la duda sobre sus deducciones mentales. (...) Sin embargo, no hubo para él más que una mujer, y esa mujer fue Irene Adler, de dudosa y discutible memoria.
(...)

Las Aventuras de Sherlock Holmes. Arthur Conan Doyle. Ed. Everest, Libros del rincón; SEP.,Mex.

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